Page 75 - Preludio los días de mi juventud
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Capítulo XVII
Puesta del sol en Copala
La alegría de mis padres, de mis hermanos menores y de toda
la familia se notaba desde el momento en que llegaba a vacacionar
con ellos, la visita de amigos y vecinos se convertían en días muy
agradables para mí.
Los atardeceres en Copala siguen siendo hermosos, hay tres lugares
dentro del pueblo que permiten ver la puesta del sol, la Loma, el
Huicón y Barrio Nuevo. La casa de mis padres ubicada en la parte
alta de la calle principal, permite observar cómo se oculta el astro
luminoso que le da paso a la noche, a la luna y las estrellas, que con su
resplandor cubren la tierra y sirven de inspiración a los enamorados
y a los poetas, sobre todo cuando hay plenilunio.
Esta hermosa alegoría de ver hundirse el disco incomparable que
poco a poco va desapareciendo entre las palmeras y en el confín
del inmenso Océano Pacífico, es el momento de la nostalgia y la
esperanza; nostalgia por un día que se va, y la esperanza de volver
a ver los rayos brillantes del astro rey, la mañana del siguiente día.
En la casa paterna había cuatro personas que me amaban con amor
profundo, mis padres, mi abuela y mi Pachano, de esos cuatro
corazones, el que más ternura me prodigó fue el de Rosa Gutiérrez
–mi mamá–, ella se preparaba con anticipación al saber que pronto
llegaría a vacacionar su primogénito, se desvivía por complacer a su
hijo el colegiante, el normalista de Roque, Guanajuato; pero donde
más se notaba esa demostración de cariño, era en la preparación de
los alimentos.
Siempre me preguntaba, ¿qué quieres comer papacito?, –ufff,
¡¡¡hermoso!!!, qué ternura y amor hay detrás de esas palabras, todo
a mi gusto, mi respuesta era lo que usted quiera ofrecerme es bueno.
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