Page 71 - Colección Rosita
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El niño se alejó llorando, tambaleante por el dolor de la picadura, le ardía
muchísimo.
—Entren aquí, es mejor, dijo Isla, sacando el frasco de la bolsa de su
vestido, —estarán protegidas hasta mañana y ya decidirán a dónde
ir.
Algo temerosas entraron. Fue un día muy agitado. Ya sus paisanas
debían estar de regreso en la comunidad de hormigas, probablemente
otras se quedaron por ahí, buscando una mejor vida, algunas quizá
terminaron hechas polvo en las manos de un niño como el pecoso que
casi las aplasta.
Por la noche Melania no podía conciliar el sueño; la aventura en el mar fue
algo fuera de lo común, ¡maravillosa! Con el niño fue todo lo contrario, no
todo podía ser como deseaba.
—Bertín, ¿qué debemos hacer?, dijo pensativa, mientras recargaba su
redonda cabeza en una pajita, —¿deberíamos regresar?
—Sí Melania, mira, te voy a contar una pequeña historia, de esas
famosas del viejo Ónix, respecto a nuestras primas voladoras: un día,
Eder se divertía jugando en el hormiguero familiar, sus hermanos
mayores volaban alrededor con elegancia, dispuestos a salir en
cuanto escucharan el clásico canto de las hormigas diestras, fuertes
e inteligentes, ya tú sabes, es ese que dice, “¡Un pasito pa’ delante
y dos pasitos para atrás, si tú quieres divertirte ven conmigo y ya
verás!”, obviamente, ellos hacen un trabajo más importante, son los
encargados de poblar a la comunidad de hormigas, ¡ellos son los que
se aparean! Bueno, en fin, Eder los observó un buen rato, luego se
acercó a su madre:
—Mamá, ¡quiero volar!, dijo haciendo pucheros.
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