Page 98 - Empatizando. Relatos para jóvenes
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fue ubicada junto a la cocina, porque a ella le gustaba cocinar. Así es
            que uno a uno se fueron yendo, unos por gusto, otros a fuerza, otros
            por voluntad de Dios. Todos, grandes y chicos fueron sustituidos por
            muñecos de trapo, todos con ropas del dueño a quien representaban,
            todos haciendo algo que representara lo que a su dueño le gustaba
            hacer, y todos confeccionados con mucho cariño y cuidado.

            Cuando hago a alguno de ellos, yo siento cómo en cada puntada hay
            una historia, un recuerdo, una anécdota, un lugar y un nombre, por
            eso todos los muñecos están cargados de su energía y mi energía
            cuando los hago. Tal vez es por eso que, cuando tengo la necesidad
            de hablar con alguien voy con ellos, hasta siento que me contestan
            o que hacen algo para que yo sepa que están ahí. A veces, cuando
            vienen al rancho de visita (aquellos que están vivos) se sorprenden
            del parecido con ellos, hacen bromas como, es que él está más guapo
            que yo o parece mi gemelo.


            Al principio, me dijeron que estaba loca, pero yo dejaba de sentir
            ausencias y cada vez me sentía en la seguridad de que, aunque todos
            se fueran, todos seguirían para mí ahí en el rancho, incluso sabía
            que si necesitaba hablar con ellos podía hacerlo, y que de alguna
            manera, todos ellos no me juzgarían.


            Ahora ocupo una gran parte del día en darles mantenimiento, en
            hablar con ellos y saludarles. Ya hace mucho tiempo que no hago
            ninguno, pues la familia dejó de crecer, pero todos los que me
            tocó conocer siguen estando aquí. El rancho funciona porque hay
            personas que me ayudan, pero siempre respetan a todos los muñecos,
            saben que los tienen que dejar ahí y que pueden protegerlos cuando
            llueve o hace mucho viento.


            La trabajadora social me veía con ojos grandes y volteaba a ver los
            muñecos de trapo.







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