Page 61 - Colección Rosita
P. 61

Se encontraba ensimismada en sus pensamientos, imaginando el mar, con
            la espuma salpicando su cuerpo, haciendo hoyitos en la arena, junto con
            Bertín, para que la desapareciera cuando se le antojara, porque su amigo,
            ¡era mágico! Le gustaba aparecer y desaparecer a su antojo a todo mundo
            con su magia.


            El ajetreo y el ruido de cornetas la despertó de su ensueño, era la hora de
            salida de la horda de hormigas, integrada por las diestras, las fuertes y las
            inteligentes; era urgente traer el alimento diario y no podían esperar más,
            ¡son como relojitos!, pensó Melania cuando las escuchó cantar.


            “¡Un pasito pa’ delante y dos pasitos para atrás, si tú quieres divertirte, ven
            conmigo y ya verás!”.


            Melania se unió a la comunidad de hormigas y caminó un pasito pa’ delante
            y dos para atrás, siguiendo a Bertín: ¡le encantaba la música producida por
            las patitas en la tierra!, era más melodiosa, tenían más armonía los pasos
            que daban al caminar.

            Llegaron  a  la  ventana  terrenal.  Las  hormigas  más  diestras,  fuertes  e
            inteligentes, se unieron para hacer frente común en el camino tortuoso al
            que se enfrentaban cada día: las diestras se iban corriendo delante de todas,
            marcando el camino con habilidad; las más fuertes tenían la encomienda
            de hacer el trabajo más rudo, cargar y llevar objetos encontrados; y las más
            inteligentes, eran las encargadas de seleccionar entre todas las cosas, las de
            buen uso y las insignificantes o inservibles.


            Melania sólo podía observar por la ventana terrenal, uno de sus ojos se
            hacía más grande, intentando ver hasta más allá. Era inútil, su campo de
            observación no abarcaba todo lo que era su anhelo. Se sentó desilusionada
            en un tronco que servía de escalón y una gruesa lágrima cayó a sus patas.


               —¡Ay, ay!, ¿hasta cuándo acabará esta cuarentena para mí?






                                                                                 59
   56   57   58   59   60   61   62   63   64   65   66