Page 28 - El Sembrador de esperazas
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La abuelita cazadora
                       (La bendición de cuidar, trabajar y compartir)




               Eran los tiempos en que difícilmente los pobres podían comer
            carne, a menos que su padre o algún pariente fuera cazador. La
            dieta eran las enchiladas de puro chile, si bien nos iba, o tecocos
            con sal, si no había de otra. Eran tiempos de carestía, decía la gente
            mayor, porque ni hongos ni cozoles se encontraban, mucho menos
            se intentaba buscar tequelite.


            Una medida de maíz podía comprar cada familia si es que sus
            recursos se lo permitían, o un bulto de Minsa o Maseca, que por
            esos tiempos se empezaron a oír.


                —¿Y cómo le hará esa abuelita que vive bien en el monte?, no
                  tiene hijos ni nietos y creo que ya pasa de los 100 años, —dijo
                  uno de mis hermanos mayores. Los menores ignorábamos la
                  existencia de tal persona.

                —Mañana es sábado, le van a llevar unos tecocos, pero no se
                  coman nada de lo que les ofrezca, —nos expresó mi madre.


            A medio camino, el cansancio sacó mi coraje y empecé a reclamarle
            a mi hermano porqué se había acordado de aquella mujer y a
            comentar que esos tecocos, bien pudimos disfrutarlos nosotros. Él
            sólo decía:


            Ya mero llegamos, la verdad no veía para cuándo ocurriría eso.


                —Los vi desde lejos,  pensé que se habían perdido, gustan un
                  tecito —le oímos decir.


            Mi hermano acordándose de lo dicho por mamá, movió la cabeza,
            pero su servidor se sentó en la madera que servía de mesa y se tomó




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